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martes, 14 de mayo de 2013

Simple.


Un soplo. Fue exactamente como contaban las canciones de la radio, fue así, tan simple y tan cierto. Le conoció y su vida se aceleró al mismo tiempo que se pausó en un instante perpetuo, para reanudarse como un parpadeo, ahora, ya sin él. Al desaparecer de su lado fue cuando abrió los ojos y contempló su alrededor, se dio cuenta de todo lo que había pasado mientras ella vivía, o soñaba, quien sabe. Por que fue como eso, un profundo sueño del cual al despertar no sabes exactamente cuanto tiempo ha pasado. 
Se quisieron tanto que ni se hicieron fotos, se quisieron tanto que no pensaron en el futuro ni en el pasado. Ahora ella no podía recordar los momentos, como se imaginaba de pequeña, mirando con paciencia las páginas del álbum. Pero no le hacía falta, se quisieron tanto que ahora él vivía en los aromas, en el tacto, en los sonidos y en los recuerdos que no se borrarían. Se quisieron tanto que no hay un día en que no llore al recordarlo, ni sonría al añorarlo.

¿Qué sería yo sin las cursiladas? Gracias a un tweet y una palabra.

lunes, 13 de mayo de 2013

Barrio.


Llevaba tres días deambulando por el mismo barrio, recorriendo sus calles a paso lento que de vez en cuando se volvía acelerado. Ya empezaba a conocer sus olores, sus rostros, sus pulsaciones y su vida. Sin embargo no había encontrado todavía el rastro que andaba buscando, a pesar de que algo le decía que él vivía ahí. Ya creía empezar a conocer acerca de su carácter, sus gustos y su forma de ser a través de las calles y las gentes que veía durante todo el día. Cuando se cansaba cerraba los ojos y le imaginaba, recordaba su ropa, sus gestos, su forma de andar y su sonrisa.
Siempre le había gustado hacer este tipo de cosas, estos comportamientos que se salían de lo común, intentando hacer de su vida parte de un guión de una película europea, una de estas que hablan de la vida misma, como él se decía, una francesa o española, e incluso italiana, quién sabe. Empezaba su recorrido por el lugar y la hora donde se cruzó con él por primera vez, por si volvía a darse la casualidad, ya que la segunda vez también lo vio venir girando la misma calle y a la misma hora, pero volvió a dejar escapar su sonrisa. Esta vez no, esta vez no le dejaría ir, esta vez había ido a por él.
Sin embargo sintió arrepentimiento de haber vuelto a ese barrio, se le paró el corazón cuando lo vio a lo lejos al girar una esquina, fue inesperado y al principio pensó que su cerebro le estaba engañando. Pero no, era él. Sus gestos, su forma de vestir, su forma de caminar. Se sintió estúpido, pequeño ante el universo. Caminó intentando simular sus nervios, como un vecino que va a por el pan y cuando pasó a su lado, volvió a ver ese esbozo de sonrisa y esa rápida mirada. Esta vez no.
- Perdona -Le paró, y como si se tratase de un guión, buscó una de esas frases, de esas de las películas- ¿Crees en las casualidades?

viernes, 19 de abril de 2013

Polimorfonuclear.


Ese día llovía, y como los anteriores él apenas salía de su cuarto, sólo cuando escuchaba el rugir de su estómago por encima de sus pensamientos. En un papel había dibujado una señal de peligro, como las que había en los postes de electricidad del escampado de su barrio, y lo había pegado en la puerta. Según él, pensaba en seis idiomas a la vez, dos de ellos ya extinguidos hace años y uno no pertenecía a este planeta.
- ¡Baja ahora mismo! -Gritaba su madre desde la primera planta.
- ¡Escolástica efervescente! -Contestaba él desde su habitación, siempre con un acento ruso.- Metoníamias.
Su padre, al contrario que su esposa, se lo tomaba a broma e incluso a veces le seguía el juego. Esto normalmente enfurecía más a la madre y le replicaba lo de “Si no le hubieses hecho ver Frankenstein ni esos estúpidos documentales, nada de esto hubiese ocurrido”. Ya era el tercer día que estaba encerrado en su habitación, entre cajas, botes de plástico, carcajadas siniestras y contestando con palabras de las cuales desconocía su significado, forzando un acento soviético.
- Vamos mujer, está en la adolescencia, es normal a su edad.
- ¿Adolescencia? Apenas tiene diez años –Ella volvió a suspirar, cogió fuerzas y volvió a gritar su nombre tres veces. Pero no sirvió de nada, su hijo volvió a contestar con palabras que ni ella conocía.- ¡No hay quien lo entienda!
Pero en el momento menos esperado apareció el pequeño ante ellos, con unas lentes sin cristales, el pelo revuelto y sujetando al gato como podía. Éste intentaba liberarse de su carcelero, que había teñido parte de su pelaje de verde y rodeado partes de su cuerpo con papel de aluminio. Causando expectación, alzó al animal por encima de su cabeza mientras los truenos de tormenta resonaban de fondo.
- ¡Polimorfonuclear! -Y así, hasta día de hoy, quedó bautizado el gato.
No puedo hacer mucho más, si cierta persona me dice palabras como ésta, eh, eh.

viernes, 12 de abril de 2013

Creatividad.


Siempre se tumbaba en el césped a la misma hora, justo después de que los aspersores se silenciaran, estando la hierba mojada. Le encantaba esa sensación. Cerraba los ojos e imaginaba que soñaba, ya que, Elia, nunca se acordaba de lo que sucedía en sus sueños. Todos los días, al despertar, se preguntaba qué podría haber soñado esa noche. Al no recibir respuesta, bajaba a la calle, aún cuando el sol no gobernaba la ciudad, se dirigía al parque de enfrente de su casa y se tumbaba en el césped. Ahí esperaba a la creatividad. Pero nunca llegaba, se imaginaba a él soñando, pero aún así no sabía qué soñaba en su imaginación, era incapaz de crear algo que no existiese.
-Siempre le veo en el césped ¿Es que no trabaja? -Le dijo una niña a Elia un día.
-Pinto cuadros -Contestó mientras se incorporaba.
-¿Que pinta?
-Puedo plasmar en un lienzo cualquier cosa que vea por la calle, exactamente igual -Trató de impresionar a la niña.
-¿Y para qué pinta lo que puede ver todos los días? -Desde ese día, Elia siempre sueña. 

Me ha costado y no me ha gustado, a mi si que me falta creatividad. Suerte !

viernes, 5 de abril de 2013

Salomé.


-Entonces le entregaron la cabeza, había conseguido lo que tanto quería, la cogió con sus manos y contempló el rostro de su amado. -Su hija le escuchaba con una extraña mueca en el rostro, guardó unos segundos para aumentar la tensión y continuó- Exclamó palabras de amor y besó la cabeza inerte con pasión, como nunca había podido hacer hasta la fecha.
-¡Papá! Esto es asqueroso. -La pequeña se levanto rápidamente, no quería seguir escuchando la historia de ese domingo.
-¡Pero estaba enamorada! -No pudo contener un sonrisa pícara.
-Pues yo no quiero enamorarme. -Dijo mientras salía del comedor, cuando ya estaba en su habitación recalcó- ¡Un asco!
-Con diez años y ya no quiere saber nada del amor -Comentó la madre que había apartado la mirada del libro.- Enhorabuena.

viernes, 22 de marzo de 2013

Banco.

Colocaba cuidadosamente la manta, extendiéndola y quitando todos los pliegues, como hacia antes. Ordenaba el lugar para estar cómodo, se había acostumbrado a dormir cada noche en un sitio diferente, ya no tenía un lugar propio. Todos los días al irse a dormir se decía a si mismo que ahora el mundo era su hogar, cada rincón, el hogar iba con él allá donde fuese. Lo había perdido todo y ya no tenía nada que lo atase, a veces se preguntaba si eso era libertad. Desde entonces tenía mucho tiempo libre, no como antes, y lo dedicaba a pensar y meditar, a hacerse preguntas. Al principio los días se le hacían eternos y el pensar le hacía entristecer. Ahora ya se había acostumbrado, o se había vuelto loco, libre, quien sabe. A pesar de esa libertad sus días se habían vuelto rutina, como cuando estaba en la oficina, recorría siempre las mismas calles, los mismos sitios. Al principio le daba vergüenza, pero se decía a si mismo que lo había perdido todo, hasta la vergüenza. Al día se había acostumbrado, pero la noche y su frío le continuaban aterrando. Aquello que decía que le había quitado todo ahora le daba cobijo. Ya estaba preparada su cama, se sumergió con cautela en las dos mantas, su posesión más preciada, acomodo los trozos de cartón y rezó, no sabe a que o a quien, por sobrevivir una noche más al frío y a los extraños de la oscuridad.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Fresa.


Estabas otra vez enfadada, volvíamos a las mismas, yo ya no sabía que hacer. Te habías cruzado de brazos y habías apartado el bol de fresas, como una niña que no quiere las lentejas.
- Qué guapa estás cuando te enfadas.
Me miraste con esa cara ya tan familiar, sobretodo estos pasados días, esa expresión que decía sin palabras: me gustaría que desaparecieras. Dolía, te aseguro que dolía. ¿Pero que quieres que haga? Ya no sabía que hacer, no sabía ni si quiera que es lo que sucedía, por qué acabábamos siempre discutiendo. Cogí una fresa, sin mojarla en azúcar y la hundí en mis dientes.
- Te odio. - Te atreviste a decir.
Alargaste el brazo, como quien coge con pereza el mando de la televisión y te llevaste una fresa a la boca, sin azúcar y pusiste esa cara tuya. No soportas el ácido. Yo sonreí un poco, pero tu te pusiste a llorar y tiraste el trozo de fresa que había quedado en tu mano.
- Ey, no llores. - Me levante rápidamente y fui a abrazarte, pero rechazabas mi contacto, me empujabas, no me querías. Cogí tu mano con fuerza, esa que intentaba alejarme de ti para siempre, y la besé con suavidad, parece que eso te calmo. Me miraste, con los ojos llorosos y entre llantos conseguiste unir palabras.
-Yo sólo quiero besos de fresa.

jueves, 14 de marzo de 2013

Preocupación.


Era una tarde fría, demasiado fría para su gusto, todo le salía mal para su gusto ese día. No aguantaba más en casa, no podía verla. Apretaba los dientes con fuerza y cerraba los puños cuando pensaba en todo lo que había pasado, como si haciendo fuerza pudiese derrotar a ese demonio que le comía por dentro. Avanzaba lentamente y le devoraba entero, le consumía, le causaba tal dolor que se le humedecían los ojos, aunque no sabía si era por el frío viento que amenazaba con congelarle por siempre o si era la rabia. Rabia. No quería volver al piso, así que vagaba sin rumbo intentando no pensar, o evitar esos pensamientos. Entró en una pequeña panadería, para resguardarse por un momento del frío o para entretener su mente, no lo sabía. Pidió lo primero que vio, saco la cartera y vio asomar un billete de veinte euros.
- No tengo otra cosa, lo siento. - Le comunicó él.
La cajera le dedicó una tierna sonrisa y dijo:
- No te preocupes. - Y todo se solucionó. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Captar.


Siempre me cuesta captar tu atención, te tienen absorbido los canales de la televisión. Todo tu interés, aunque sea poco, está centrado en esa caja que emite luces. Yo mezo mi silla mientras hago bolas de papel con el que ya no me sirve, anteriormente te habrías preocupado y me advertirías sobre mi seguridad si continuaba meciéndome de esa forma. ¿Ya no me quieres que no te preocupa? ¿Que ángel has visto en esas imágenes que te tiene tan cautivado? Te lanzo una bola de papel.
- Echo de menos la nieve. - No recibo respuesta, ni un gesto. Vuelvo a intentarlo – El frío, arroparse junto a otro, el café humeante...
El volumen y los sonidos de la televisión llenan la habitación. Con el lápiz desgasto la punta en otro folio, ya no tengo ganas de continuar y sigo meciéndome haciendo bolas de papel. Ésta va derecha a la papelera. Canasta.
- También echo de menos el verano.- Nieve, escribo en un folio. Y lo comprimo, pensando en que absorbería el material el significado escrito.- Las tardes en la playa y el jugar con la voz y el ventilador.
Lanzo la bola de nieve contra la televisión. Continúo jugando con las patas de la silla, arriesgando cada vez mas, “El que no arriesga no gana” me dijiste al conocernos. ¿Donde quedó el riesgo?
- Yo echo de menos muchas cosas – Me miras y sonríes. Tú mirada, esa mirada. - Pero ahora me he dado cuenta de que es mentira. Cuidado, te caerás. -Sabía que no me fallarías.

domingo, 13 de enero de 2013

Llaves.


Ya lo había vuelto a hacer, menos mal que Alicia llegó pronto, pero sobretodo, menos mal que su padre ya no fumaba. En una semana era la segunda vez que se dejaba el gas encendido, y su viejo olfato no lo captaba.
-¡El gas! ¡Papá, el gas! – Olía nada mas entrar en la casa y ella fue corriendo a cerrarlo y a abrir todas las ventanas, la casa estaba hecha un desastre. Y él lo repetía cada cinco minutos. Un desastre, decía. Sus tres hijos estaban cansados de escuchar esas palabras, estaban cansados de tener que hacer turnos para cuidarlo, pero se negaba a irse de esa casa. Lo peor de todo es que él no se estaba quieto, quería valerse por si mismo, pero no podía. Intentaba cocinar, intentaba limpiar, intentaba arreglar algunos muebles, pero siempre algo le salía mal y tenían que ir en su ayuda. Un desastre, repetía. Alicia no había acabado de quitarse el abrigo cuando escucho un estruendo, la vajilla en el suelo.
-Un desastre, desde que se fue tu madre esta casa es un desastre.– Después de estas palabras fue a sentarse al sillón, ella sabía que ya no le daría más problemas, eran las seis, y como todos los días esperaría paciente volver a escuchar de nuevo el sonido de sus llaves.

jueves, 3 de enero de 2013

Una palabra, un cuento.

Nunca en mi vida me había hecho un propósito de año nuevo, pero para este 2013 me he hecho uno. Hace ya unos cuantos años yo solía escribir, cuentos, historias o relatos, de todo un poco y me gustaría volver a hacerlo. Así que voy a coger el método de una amiga mía, y escribiré de vez en cuando una pequeña historia breve, la cual surgirá de una palabra elegida al azar. Una palabra, un cuento.


Era la segunda vez que acudía, a pesar de la inseguridad de la primera vez, hoy estaba decidida, emocionada. Intentó disimular sus nervios al desnudarse, manteniendo la serenidad, pero sin poder mirarle a los ojos, escuchando sus directrices, ya que eran las pocas palabras que le dedicaba y ella las guardaba como un tesoro. Estaba de nuevo indefensa ante él, sola y desprotegida. Vaciló un poco al sentarse, le temblaban las piernas, ni ella sabía si era por el frío o por las emociones; pero él estaba acostumbrado y no dijo nada. Ya estaba lista. Abrió los ojos, esbozando una tímida sonrisa y permaneciendo con la mirada fija en un punto, no quería verle los ojos; algo en su interior le decía que acabaría como los acompañantes de Perseo. El tiempo pasaba, algunos habrían afirmado que de verdad se había convertido en piedra; pero eso a ella no le importaba, volvería cada tarde porque por cada pincelada que él daba sobre el lienzo sentía como si acariciase su piel.

La palabra que ha detonado este cuento es pincel.
Suerte~